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  • Maternidad abrumadora: cuando la maternidad me queda grande

    Maternidad abrumadora: cuando la maternidad me queda grande

    Hay días en los que siento que la maternidad me queda grande. No en un sentido poético, sino literal. Como si estuviera viviendo una vida que exige más de lo que tengo para dar. Como si todo el mundo esperara que yo supiera qué hacer, mientras yo estoy aquí tratando de no desmoronarme en el pasillo. No porque no ame a mis hijos, ni porque no quiera estar aquí, haciendo esto. Es más ese sentimiento silencioso que aparece cuando me veo desde afuera y siento que todavía estoy tratando de alcanzarme a mí misma.

    Me miro en el espejo algunas mañanas y no reconozco a la mujer que está ahí. Tiene la mirada cansada, el cabello enredado en un moño improvisado y un silencio interno que pesa. Antes podía respirar con más calma. Ahora, a veces siento que respiro por obligación.

    A veces me sorprendo pensando que debería tenerlo todo más claro a estas alturas. Que ya debería saber cómo manejar las rabietas, cómo anticipar los despertares nocturnos, cómo dividirme entre la casa, el trabajo, la vida que existía antes y esta nueva que a veces se come todo lo demás. Y no es que quiera volver a mi vida anterior. Ser mamá es lo más maravilloso que me ha pasado. Pero aun así, hay momentos en los que me siento tan chiquita frente a todo lo que implica ser mamá.

    Sé que debería agradecer cada instante. Que hay una narrativa allá afuera donde las mamás son guerreras, multitasking, milagrosas. Yo no me siento así. Yo me siento desbordada. Siento que estoy haciendo malabares con cosas que nunca me enseñaron a sostener, y cada bola que cae me recuerda que no estoy llegando. La verdad es que estos días no me siento grande en nada. Ni en el trabajo, ni en la casa, ni en pareja. Mucho menos en la maternidad.

    A veces me escondo en el baño por dos minutos. No para descansar. Para existir. Para escucharme pensar. Y, aun así, siempre hay un pequeño golpe en la puerta, una voz que me llama, un llanto que corta el aire. Y entonces salgo, porque tengo que salir, aunque por dentro no tenga fuerzas.

    Nadie habla de esta parte lo suficiente. La parte en la que una se pregunta si tomó la decisión correcta, aún sabiendo que ama a sus hijos. La parte en la que una se siente culpable por no disfrutar lo que se supone que debería ser mágico. La parte en la que una piensa que tal vez todas las demás están manejando esto mejor.

    En mis días más sinceros sé que no es verdad. No soy solo yo. No hay un manual escondido. No hay un nivel secreto que desbloquear. La maternidad es grandeGigante. Tan grande que a veces desborda. Y creo que lo que más me cuesta aceptar es que no se trata de que yo sea insuficiente, sino de que esto es inmenso. Me quedó grande porque está hecha para crecerse encima de una, para estirarnos, para empujarnos a ocupar un espacio que todavía no entendemos. A veces duele. A veces cansa. A veces me deja sin aire.

    No tengo un cierre esperanzador para esto. No tengo una reflexión que lo acomode. Hoy, simplemente, la maternidad me queda grande. Y eso es lo que hay.

    —Dalia ♡

  • Tiene dos: el duelo callado de mi último bebé

    Tiene dos: el duelo callado de mi último bebé

    Cantamos desafinados, soplamos las velas y la vimos decir con orgullo “¡dos!” con los deditos que aún está aprendiendo a levantar. Y mientras giraba con su vestido de cumpleaños y sus manos pegajosas, sentí algo en mi pecho. Tiene dos años. Y no tendré más bebés.

    No es un pensamiento nuevo, pero los cumpleaños tienen esa forma de hacerlo más fuerte. A medida que veo a mis hijos crecer, y me enamoro más de las personitas en las que se están convirtiendo, también aparece un dolorcito que no puedo ignorar. Porque me hubiera encantado tener otro bebé.

    De verdad que sí.

    Lo digo en voz baja, porque decirlo fuerte a veces se siente como abrir una puerta que he estado tratando de mantener cerrada. No estoy planeando tener otro. No tendré otro. Esa es la realidad. Pero el anhelo… aún está ahí. No siempre ruidoso, pero presente. Un tirón suave cuando veo a un recién nacido. Un pequeño nudo cuando guardo las cosas de bebé. Una pausa cuando escucho a alguien decir: “nunca se sabe.”

    Pero yo sí sé.

    Nuestra familia está completa de tantas maneras. Mis manos, mis días, mi corazón—ya están ocupados. La vida es costosa. El tiempo es limitado. Hemos tomado decisiones pensando en toda nuestra vida. Pero a veces, incluso las decisiones correctas—sobre todo las correctas—también te rompen un poco el corazón.

    Y esto no viene de una necesidad desesperada, ni de algo que quedó pendiente. Viene de un lugar tranquilo, que vive en un rincón del corazón. De ese que vive en alguien que sabe lo fugaces que son los primeros años. Alguien que no los apuró, pero aún así desea que hubieran durado más. Alguien que guardó el último enterizo con ojos aguados y no dijo nada porque no parecía haber nada que decir.

    Miro a mi bebé y me doy cuenta—ya no es una bebé. Es fuerte, decidida, divertida y aventurera. Ya no me necesita de la misma manera. Y sé que ese es el punto. Así se ve el crecimiento. Pero a veces, quisiera congelar el momento. No para siempre. Solo por un ratico. Solo para sentarme un poco más en el sofá, solo para sostenerla mientras se queda dormida—sin saber que sería la última vez.

    Porque yo si amé estar embarazada, yo si amé los días de bebé. No todos los momentos. Pero la esencia de ellos. La lentitud. La cercanía. La forma en que yo era todo lo que ella necesitaba.

    Mi hija tiene dos años, y es la última. Ella no lo sabe. Solo sabe que es amada—profunda y completamente. Pero yo sí lo sé. Y ese saber pesa un poco. Porque cada cosa nueva que hace nos aleja más de esos días de bebé. Cada logro suyo es un último para mí. La última vez que alguien en mi casa aprende a caminar. La última vez que escucharé una primera palabra. La última vez que amamantaré, arrullaré, envolveré, llevaré sobre mi pecho. La última vez que seré el mundo entero de alguien, en esa forma chiquita y de bebé.

    Estoy tan agradecida por ella. Por mis dos hijos. Pero este cumpleaños marca más que otro año alrededor del sol. Es otro paso lejos de esos años de bebé que tanto amé. Otro recordatorio de que estamos avanzando, aunque yo no esté lista.

    Ahora me encuentro intentando memorizarlos más de cerca. Tratando de ralentizar lo que en realidad no puedo controlar. Con ella, me quedo un poco más—porque sé que es la última. Y con él, miro hacia atrás, dándome cuenta de cuánto de esos primeros días son borrosos. Miro un poco más. Los respiro cuando están cerca. Dejo que se acumule el desorden solo para sentarme junto a ellos en el suelo.

    Hoy la celebro—a mi niña vibrante, curiosa, aventurera. La abrazo más fuerte, sabiendo que esta es la única vez que tendré una niña de dos años.

    Porque hay una parte de mí que está de duelo—de duelo por el bebé que no tendré, mientras amo con toda el alma a los dos que sí tengo.

    —Dalia ♡