Primer día de clases. Lo peino, le acomodo la mochila, le tomo la foto en la puerta. Sale lindo. Se la mando a mi mamá, que está tan pendiente como puede a través de una pantalla.
Después me monto en el carro con los niños. Uno va al colegio y la otra va para la guardería. Dos puertas. Dos despedidas. Y una fila de gente que no conozco.
En la reja del colegio hay un grupo de mamás que ya se saludan por el nombre. Una le dice a otra: hoy lo recojo yo, mañana te toca a ti.
Y yo estoy ahí tratando de traducir.
No pasó nada malo esa mañana. Ese es el punto. No pasa nada malo y aun así una llega al trabajo con un nudo.
Este año la rutina se partió en dos
Hasta julio los dos iban al mismo sitio. Una entrega, una salida, una sola ruta.
En septiembre, uno arrancó el colegio. La otra sigue en la guardería.
Dos puertas. Uno con horario que cumplir. Calendarios con días libres distintos.
El colegio cierra un lunes por jornada pedagógica. La guardería abre normal. Yo trabajo toda la semana.
Y hay algo más. Mi esposo entra a trabajar muy temprano. Cuando los niños se levantan, él ya salió.
Así que la mañana es mía. Vestirlos, darles de comer, peinarlos, las dos entregas. Todo eso pasa antes de que empiece mi propio día.
Y ahora hay lonchera
En la guardería le daban el almuerzo. Menú pegado en la pared, cinco semanas rotando. Yo ni pensaba en eso.
Ahora sí. Todas las noches.
Que no lleve nueces. Que quepa en la lonchera. Que se pueda comer frío, o que se mantenga lo suficientemente tibio. Que le guste, y que sea suficiente para que lo llene.
Parece poca cosa. Son quince minutos cada noche y media hora extra en la mañana, justo cuando ya no me queda nada. Y el resto del día, dando vueltas en mi cabeza.
El problema no es el horario
Yo puedo con el horario. De verdad. Me levanto temprano, dejo la ropa lista, adelanto lo que se pueda la noche anterior.
Lo que no tengo es plan B.
¿Quién se queda si a la niña le da fiebre un martes? ¿A quién llamo si el carro no arranca a las siete y media? ¿Quién los recoge si a mí se me atraviesa algo?
La respuesta siempre es la misma. Nosotros dos. ¿Y si ninguno de los dos puede? Pues tenemos que poder.
Este año llené dos formularios de contacto de emergencia. Dos. En los dos escribí el número de mi esposo. Y en los dos me quedé un rato viendo el espacio de abajo, vacío.
Eso es lo que nadie te explica cuando te vas de tu país. Que no hay relevo. Nunca.
Lo difícil no es el cansancio
Afuera del colegio se ve todo. Se ven las abuelas esperando con la merienda. Se ven las mamás que se turnan sin tener que pedirlo. Se ve un sistema que funciona porque hay gente.
Y todo eso pasa además en otro idioma. Uno que hablo bien, pero que no es el mío y muchas veces me cuesta.
La circular del colegio me toma un ratico más. Meterme en una conversación que ya empezó, más todavía. Para cuando encuentro la frase, ya cambiaron de tema.
Y una se para ahí, sola, y se pregunta si lo está haciendo mal.
No lo estás haciendo mal. Estás haciendo lo mismo que ellas, con la mitad de las manos y en un idioma prestado.
Pero esa comparación duele igual. Yo todavía no he aprendido a no hacerla.
Lo que sí me sostiene
Mi tribu tiene nombre. Es mi esposo. Sale tempranísimo, y aun así es el primer número en cualquier formulario. Somos un equipo de dos.
Lo demás es chiquito. Un mensaje de voz de tres minutos que me manda mi amiga desde casa. Mi mamá al otro lado de la pantalla, pendiente como puede desde donde está.
Vive casi todo en el teléfono. No me recoge a nadie ni me trae una sopa.
Pero algunos días alcanza.
Y aun así
No tengo un sistema que arregle esto. Este año arranqué como pude. Con dos horarios que no encajan. Con la lonchera hecha a las once de la noche, o a las 5 de la mañana. Y con la sensación de que voy corriendo detrás de algo que no alcanzo.
Pero si estás leyendo esto en el carro, entre una entrega y la otra, con ese nudo: no eres solo tú.
Somos varias. Cada una en su ciudad, estacionada afuera de otra puerta, arrancando la rutina con una tribu de dos.
—Dalia 🤍

